El mundo en el que comenzó el Adventismo (Historia de la IASD)

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Los adventistas del séptimo día creen que sus raíces en la historia retroceden muy atrás. No sólo al movimiento millerita de las décadas de 1830 y 1840, sino más aún: a Wesley y los reavivamientos evangélicos del siglo XVIII, a los grandes reformadores protestantes, y a grupos tempranos de disidentes como los lolardos y los valdenses. Aún más atrás, a la primitiva Iglesia Céltica de Irlanda y Escocia, a la iglesia perseguida de los primeros tres siglos después de Cristo, hasta Cristo y los apóstoles mismos. Sin embargo, es obvio que el adventismo moderno se desarrolló con el gran despertar adventista que ocurrió en los primeros años del siglo XIX.

Eventos en Europa

Al comienzo de ese siglo, gran parte del mundo occidental estaba preocupado por las actividades de Napoleón Bonaparte. Este aventurero corso, que hacía poco había llegado al poder del principal Estado europeo, estaba ocupado en rehacer el mapa de Europa. Y aun eso no podía satisfacer su inquieta búsqueda de poder. Estaba decidido a ocupar una posición de influencia en áreas tan distantes entre sí como el antiguo Cercano Oriente y el hemisferio occidental.

Después de una década y media de guerras casi incesantes, Napoleón fue finalmente confinado a un islote en el Atlántico Sur, mientras Europa trataba de reconstruir una sociedad ordenada, libre de los excesos de los que se tenía por responsable a la Revolución Francesa. Inspirándose en los escritos de Edmund Burke y bajo el astuto liderazgo del príncipe Metternich, de Austria, los estadistas europeos decidieron estimular a las instituciones para que dieran estabilidad a la sociedad ordenada que deseaban. Entre ellas estaba la Iglesia Católica Romana, cuya influencia y prestigio gradualmente aumentaron desde el nadir de las décadas revolucionarias precedentes.

Sin embargo, muchos ojos habían visto las injurias acumuladas sobre los sacerdotes de Roma; injurias que llegaron al máximo cuando el Coronel General Louis Berthier estableció la República Romana en 1798 y llevó al papa Pío VI a morir en el exilio, en Francia. Se generó un nuevo interés en las profecías de Daniel y el Apocalipsis, específicamente en el período de 1.260 días, que muchos intérpretes creían que había terminado con los dramáticos acontecimientos de 1798. Este renacimiento del interés profético pronto pasaría a una consideración más detallada del período profético más largo de la Biblia: los 2.300 días de Daniel 8:14.

Diversidad religiosa

Entre tanto, el protestantismo también estaba experimentando un renacimiento, particularmente en Gran Bretaña y los Estados Unidos, donde la obra de los hermanos Wesley estaba dando sus frutos en el rápido crecimiento del metodismo. En los campestres (reuniones religiosas al aire libre) de la frontera estadounidense, estos tomaron un matiz interconfesional, y pronto los congregacionalistas y presbiterianos más sosegados estaban sintiendo el llamado a una experiencia religiosa más personal y emocional.

La última parte del siglo XVIII y la primera del XIX vieron una abundante diversidad religiosa. Proliferaron nuevas sectas. Éstas rechazaban las iglesias y los dogmas establecidos, proclamaban su regreso al cristianismo primitivo orientado por la Biblia, y algunos de estos grupos se desarrollaron en comunidades religiosas con creencias y prácticas que los adventistas del séptimo día más tarde compartirían. Sus miembros procedían de los grupos socioeconómicos más bajos de Europa y sin educación, pero estas comunidades se mantenían unidas principalmente por un líder fuerte, por su confianza en la intervención divina en los asuntos corrientes de los hombres, y por su creencia en la inminencia de la segunda venida de Jesús. Buscaban una vida religiosa pura en las comunidades rurales de la frontera, lejos de los males “del mundo”.

Norteamérica había sido por largo tiempo una tierra prometida para los disidentes religiosos. Aunque los Padres Peregrinos son los más conocidos, ciertamente uno de los grupos más fascinantes era la Comunidad Alemana de Mujeres en el Desierto, que se estableció cerca de la moderna Filadelfia en 1694. También fue en Pensilvania, entre los Dunkers (Bautistas) alemanes, donde Conrad Beissel llegó a convencerse del carácter sagrado y permanente del sábado. Rechazado en su comunidad, Beissel se retiró para formar el Monasterio Efrata, cuyos miembros, además de observar el sábado, negaban la doctrina del castigo eterno, se oponían a toda guerra y violencia, y seguían una dieta vegetariana de dos comidas por día. Otras sociedades comunales alemanas trasplantadas que tuvieron profundas motivaciones religiosas fueron los Rappitas, los Separatistas de Zoar, y la Sociedad Amana.

En el año de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, apareció una profetisa del país en la persona de Jemima Wilkinson. Después de un trance de 36 horas, la Srta. Wilkinson estaba convencida de que el Espíritu de Cristo ocupaba su cuerpo, y que lo haría por mil años. Llamándose “la Amiga Universal”, con el tiempo estableció una comunidad de seguidores cerca del lago Séneca, en el condado fronterizo de Genesee, en Nueva York. Aunque creía en el sábado, Jemima estaba dispuesta a aceptar el domingo como un día de descanso a fin de evitar el prejuicio local. Su insistencia en el celibato fue un factor importante en la rápida disolución del grupo después de su muerte ocurrida en 1819.

Una comunidad religiosa más duradera fue creada por la “Madre” Ann Lee Stanley, quien había llegado a América del Norte desde Inglaterra en 1774 con ocho seguidores. Oficialmente llamada la Iglesia Milenial, los conversos de la Madre Ana fueron llamados los Shakers (“tembladores”). Enfatizaban el celibato y la igualdad de los sexos, y creían que la Madre Ana era una encarnación de la naturaleza femenina de Dios. Los Shakers también recibieron comunicaciones de los espíritus, especialmente durante el período de su mayor crecimiento, 1837-1844. Desde Maine a Kentucky establecieron con éxito colonias comunales conocidas por ser muy industriosas y por su vida temperante, así como por sus extrañas danzas religiosas.

Sin embargo, fue John Humphrey Noyes quien desarrolló un credo que recalcaba el desarrollo de personas perfectas en una comunidad perfecta. Convertido durante una reunión de reavivamiento de Charles G. Finney, Noyes estudió para el ministerio, pero se le negó la ordenación por su creencia de que en el momento de su conversión una persona llegaba a estar libre de pecado. Él desarrolló una sociedad verdaderamente comunal en Putney, Vermont, pero en 1848 fue obligado a mudar su grupo a Oneida, Nueva York. Su idea de un “casamiento complejo” enseñaba que toda mujer en el grupo debía casarse con cada hombre, y esto trajo un gran desagrado de la comunidad hacia los seguidores de Noyes. Más tarde, bajo la presión de la comunidad, el grupo de Oneida abandonó ese concepto.

Los Santos de los Últimos Días

Aunque todas estas comunidades religiosas creían que habían sido divinamente conducidas a redescubrir las antiguas verdades y prácticas del cristianismo, ninguna desarrolló un programa de proselitismo de éxito. Algo diferente sucedió con la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, organizada en 1830. En el proceso, su fundador, Joseph Smith, h., hizo más para centrar la atención y la sospecha sobre la idea de un profeta moderno que recibía revelaciones directas que cualquiera de sus contemporáneos. Smith, hijo de padres itinerantes que finalmente se radicaron en el oeste de Nueva York, obtuvo muy poca educación formal, pero tenía una imaginación activa y considerable habilidad para influir sobre otros. A la edad de catorce años, Joseph pretendió haber recibido sus primeras visiones, en las que se le indicó que ninguna de las denominaciones religiosas existentes era correcta en su teología y en su práctica. Varios años más tarde, un ángel llamado Moroni supuestamente lo guió a una colina vecina. Allí, en una caja de piedra, Smith pretendió haber encontrado placas de oro con inscripciones, junto con un pectoral y el Urim y el Tumim, dos cristales engarzados como anteojos en un arco de plata.

Para 1830 Smith había producido el Libro de Mormón, una pretendida traducción de las placas de oro. Según Smith, Dios lo había llamado a predicar una restauración del cristianismo original con el fin de preparar al mundo para el pronto regreso de Jesús, quien establecería su reino sobre una tierra restaurada a su estado original. Entre las doctrinas que los nuevos santos enseñaron estaban el bautismo por inmersión, el diezmo y la temperancia. Sostuvieron que una revelación divina reciente los autorizaba a guardar el primer día de la semana, en lugar del séptimo, el sábado. Smith no logró muchos seguidores en su vecindario, pero su fortuna mejoró después de una serie de mudanzas a Ohio, Missouri e Illinois. Los conversos vinieron como consecuencia de una serie de reavivamientos de frontera, y comenzó un programa misionero activo tanto en el país como en Gran Bretaña.

Continuará…

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