8 – El depósito de la fe

martures

Mi propósito no es lisonjearos [… ] sino requerir que juzguéis a los cristianos según el justo proceso de investigación. (Justino Mártir)

Durante todo el siglo segundo y buena parte del tercero no hubo una persecución sistemática contra los cristianos. Ser cristiano era ilícito; pero sólo se castigaba cuando por alguna razón los cristianos eran llevados ante los tribunales. La persecución y el martirio pendían constantemente sobre los cristianos, como una espada de Damocles.

Pero el que esa espada cayera sobre sus cabezas o no, dependía de las circunstancias del momento, y sobre todo de la buena voluntad de las gentes. Si por alguna razón alguien quería destruir a algún cristiano, todo lo que tenía que hacer era llevarle ante los tribunales. Tal parece haber sido el caso de Justino, acusado por su rival Crescente. En otras ocasiones, como en el martirio de los cristianos de Lión y Viena, era el populacho el que, instigado por toda clase de rumores acerca de los cristianos, exigía que se les prendiera y castigara.

En tales circunstancias, los cristianos se veían en la necesidad de hacer cuanto estuviera a su alcance por disipar los rumores y las falsas acusaciones que circulaban acerca de sus creencias y de sus prácticas. Si lograban que sus conciudadanos tuvieran un concepto más elevado de la fe cristiana, aunque no llegaran a convencerles, al menos lograrían disminuir la amenaza de la persecución. A esta tarea se dedicaron algunos de los más hábiles pensadores y escritores entre los cristianos, a quienes se da el nombre de “apologistas”, es decir, defensores. Y algunos de los argumentos en pro de la fe cristiana que aquellos apologistas emplearon han seguido utilizándose en defensa de la fe a través de los siglos.

Empero, antes de pasar a exponer algo de la obra de los apologistas, es necesario que nos detengamos a resumir los rumores y acusaciones de que eran objeto los cristianos, y que los apologistas intentaron refutar.

Las acusaciones contra los cristianos

Lo que se decía acerca de los cristianos puede clasificarse bajo dos categorías: los rumores populares y las críticas por parte de gentes cultas.

Los rumores populares se basaban generalmente en algo que los paganos oían decir o veían hacer a los cristianos, y entonces lo interpretaban erróneamente. Así, por ejemplo, los cristianos se reunían todas las semanas para celebrar una comida a la que frecuentemente llamaban “fiesta de amor”. Esa comida era celebrada en privado, y sólo eran admitidos quienes habían sido iniciados en la fe, es decir, bautizados. Además, los cristianos se llamaban “hermanos” entre sí, y no escaseaban los casos de hombres y mujeres que decían estar casados con sus “hermanos” y “hermanas”. Sobre la base de estos hechos, se fueron tejiendo rumores cada vez más exagerados, y muchos llegaron a creer que los cristianos se reunían para celebrar una orgía en la que se daban uniones incestuosas.

Según se decía, los cristianos comían y bebían hasta emborracharse, y entonces apagaban las luces y daban rienda suelta a sus pasiones. El resultado era que muchos se unían sexualmente a sus parientes más cercanos.

También sobre la base de la comunión surgió otro rumor. Puesto que los cristianos hablaban de comer la carne de Cristo, y puesto que también hablaban del niño que había nacido en un pesebre, algunos entre los paganos llegaron a creer que lo que los cristianos hacían era que escondían un niño recién nacido dentro de un pan, y lo colocaban ante una persona que deseaba hacerse cristiana. Los cristianos entonces le ordenaban al neófito que cortara el pan, y luego devoraban el cuerpo todavía palpitante del niño. El neófito, que se había hecho partícipe de tal crimen, quedaba así comprometido a guardar el secreto.

Otra extraña opinión que algunos sostenían era que los cristianos adoraban a un asno crucificado. Desde algún tiempo antes, se había dicho que los judíos adoraban a un asno.

Ahora comenzó a transferirse esa opinión a los cristianos, a quienes se hacía entonces objeto de burla.

Todas estas ideas —y otras muchas— que circulaban acerca de los cristianos eran a todas luces falsas, y para refutarlas los cristianos no tenían más que señalar hacia su propia vida y conducta, cuyos principios eran mucho más estrictos que los de los paganos.

Pero había otras acusaciones que se hacían contra los cristianos, no ya por el vulgo mal informado, sino por personas cultas, muchas de las cuales conocían algo de las doctrinas cristianas. Bajo diversas formas, todas estas acusaciones podían resumirse en una: los cristianos eran gentes ignorantes cuyas doctrinas, predicadas bajo un barniz de sabiduría, eran en realidad necias y contradictorias. Por lo general, ésta era la actitud que adoptaban los paganos cultos y de buena posición social, para quienes los cristianos eran una gentuza despreciable.

En época de Marco Aurelio, un autor erudito de quien sólo sabemos que se llamaba Celso compuso contra los cristianos un tratado que llamó “La palabra verdadera”. Allí Celso expresa el sentimiento de quienes, como él, se consideraban sabios y refinados:

En algunas casas privadas nos encontramos con gente que trabaja con lana y con trapos, y a zapateros, es decir, a las gentes más incultas e ignorantes. Delante de los jefes de familia, esta gente no se atreve a decir palabra. Pero tan pronto como logran apartarse con los niños de la casa, o con algunas mujeres tan ignorantes como ellos, empiezan a decirles maravillas. […] Los que de veras quieran saber la verdad, que dejen a sus maestros y a sus padres, y que vayan con las mujeres y los chiquillos a las habitaciones de las mujeres, o al taller del zapatero, o a la talabartería, y allí aprenderán la vida perfecta. Es así como estos cristianos encuentran quien les crea (Orígenes, Contra Celso, 3:55).

Por la misma época, Cornelio Frontón, que había sido maestro de Marco Aurelio, compuso otro ataque contra los cristianos que desafortunadamente se ha perdido. Sin embargo, es posible que el autor cristiano Minucio Félix esté citando la obra de Frontón al poner en labios de un pagano las siguientes palabras: Si os queda un ápice de sabiduría o de vergüenza, dejad de investigar lo que sucede en las regiones celestiales, y los destinos y secretos del mundo. Basta con que miréis dónde ponéis los pies, sobre todo a gentes como vosotros, sin educación ni cultura, sino rústicas y rudas (Octavio, 12).

Luego, la enemistad contra los cristianos, que muchas veces pretendía basarse sólo en cuestiones de religión y doctrinas, también tenía mucho que ver con prejuicios de clase. Las personas supuestamente refinadas no podían ver con buenos ojos que esa gentezuela, pobre e inculta, pretendiera conocer una verdad que ellas no conocían.

En todo caso, las gentes cultas atacaban al cristianismo diciendo ante todo que era una religión de bárbaros. Buena parte de lo que los cristianos enseñaban no había sido descubierto por los griegos ni por los romanos, sino por el inculto pueblo judío, cuyos supuestos sabios nunca se elevaron a la altura de los filósofos griegos. Y lo poco de bueno que pueda encontrarse en las Escrituras de los judíos se debe probablemente a que fue copiado de los griegos.

Además —siguen diciendo las gentes como Celso, Frontón y otros— el Dios de los judíos y cristianos es un Dios ridículo. Por una parte dicen que es omnipotente, y que es el ser supremo que se encuentra por encima de todo. Pero por otra parte le describen como un ser curioso, que se inmiscuye en todos los asuntos humanos, que está en todas las casas viendo lo que se dice y hasta lo que se cocina. Ese modo de concebir la divinidad es una sinrazón. O bien se trata de un ser omnipotente, por encima de todos los otros seres, y por tanto apartado de este mundo; o bien se trata de un ser curioso y entremetido, para quien las nimiedades humanas resultan interesantes. En todo caso, sea cual fuere este Dios de los cristianos, el hecho es que su culto destruye la fibra misma de la sociedad, pues hace que quienes lo siguen se abstengan de toda clase de actividades sociales, so pretexto de que participar en ellas sería adorar a dioses que no existen. Pero, si en verdad tales dioses no existen, ¿por qué temerles? ¿Por qué no participar de su culto junto a la gente sensata, aun cuando uno no crea en ellos? El hecho parece ser que los cristianos, que dicen que los dioses paganos son falsos, sin embargo siguen temiendo a esos dioses.

En cuanto a Jesús, basta recordar que fue un malhechor condenado por las autoridades romanas. Celso llega hasta a decir que era hijo ilegítimo de María con un soldado romano. Si de veras era Dios o Hijo de Dios, ¿por qué permitió que le crucificaran? ¿Por qué no hizo que cayeran muertos sus enemigos? ¿Por qué no desapareció cuando iban a clavarle al madero? Y suponiendo que de hecho Dios vino a la tierra en Jesús, pregunta Celso:

¿De qué puede servir tal visita de Dios a la tierra? ¿Será quizá para averiguar lo que pasa entre los seres humanos? ¿No lo sabe él todo? ¿O será que lo sabe, pero no puede corregirlo si no viene él en persona a hacerlo? (Contra Celso, 4 2).

Por último, estos cristianos andan predicando y creyendo que han de resucitar. Es sobre la base de esa fe que se enfrentan al martirio con una obstinación casi increíble. Pero no es cosa de gentes sensatas dejar esta vida, que es cosa segura, por otra vida supuestamente superior, que en el mejor de los casos es cosa dudosa.

Y eso de la resurrección es el colmo de las necedades cristianas. ¿Cómo han de resucitar aquéllos cuyos cuerpos han sido destruidos por fuego, o devorados por los peces o las fieras? ¿Irá Dios por todo el mundo recogiendo y uniendo los pedazos de cada cuerpo? ¿Cómo se las arreglará Dios, en el caso de aquellas porciones de materia que han pertenecido primero a un cuerpo, y después a otro? ¿Se las adjudicará a su primer dueño? En tal caso, ¿quedará un hueco en el cuerpo resucitado del dueño posterior? Como vemos, todas estas observaciones, comentarios y preguntas se dirigían al corazón mismo de la fe cristiana. No se trataba ya de rumores infundados acerca de orgías incestuosas, ni de prácticas de canibalismo, sino que se trataba más bien de las doctrinas mismas del cristianismo. A tales burlas y ataques no se podía responder con una mera negación. Era necesario más bien ofrecer argumentos sólidos que respondiesen a las objeciones que se planteaban. Tal fue la obra de los apologistas.

Los principales apologistas

La tarea de defender la fe ante esta clase de ataques produjo algunas de las más notables obras teológicas del siglo segundo. Y aún en el tercero y el cuarto no faltaron quienes continuaron esa tradición. Desde nuestra perspectiva, sin embargo, los autores que nos interesan por el momento son los que primero se enfrentaron a esta tarea, es decir, los que escribieron durante el siglo segundo y los primeros años del tercero.

Posiblemente una de las más antiguas apologías que han llegado a nuestros días es el Discurso a Diogneto, cuyo autor anónimo —quizá Cuadrato— parece haber vivido a principios del siglo segundo. Poco después, antes del año 138, Arístides compuso otra apología que parecía haberse perdido, pero que ha sido descubierta en fecha reciente. Pero el más famoso de los apologistas fue Justino Mártir, a cuyo martirio nos hemos referido en el capítulo anterior. Justino había seguido una larga peregrinación espiritual, yendo de doctrina en doctrina, hasta que se convenció de que el cristianismo era la “verdadera filosofía”. De él se conservan tres obras: dos apologías y el Diálogo con Trifón, que consiste en una discusión con un rabino judío. Un discípulo de Justino, Taciano, compuso otra apología bajo el título de Discurso a los griegos. Por la misma época, Atenágoras escribió una Defensa de los cristianos y otro tratado Sobre la resurrección de los muertos.

Alrededor del año 180, el obispo de Antioquía, Teófilo, escribió Tres libros a Autólico, que trataban sobre la doctrina cristiana de Dios, la interpretación de las Escrituras, y la vida cristiana, tratando de refutar las objeciones de los paganos sobre cada uno de estos puntos.

Todas las obras mencionadas en el párrafo anterior fueron escritas en griego, y en el siglo segundo. En el siglo tercero, el gran maestro alejandrino, Orígenes, escribió una refutación Contra Celso, que hemos citado más arriba, y que fue también escrita en griego.

En lengua latina, los últimos años del siglo segundo y los primeros del tercero nos han dejado dos escritos apologéticos, parecidos entre sí, y sobre los cuales los eruditos no concuerdan acerca de cuál fue escrito primero: la Apología de Tertuliano y el Octavio de Minucio Félix, que también hemos citado más arriba.

Todas estas obras son importantes porque es casi exclusivamente a través de ellas que conocemos los rumores y críticas de que los cristianos eran objeto, y también porque en ellas vemos a la iglesia enfrentándose por primera vez a la tarea de responder a la cultura que le rodea.

Fe cristiana y cultura pagana

Puesto que se les acusaba de ser gente bárbara e inculta, los cristianos del siglo segundo se vieron obligados a discutir la cuestión de las relaciones entre su fe y la cultura pagana. Naturalmente, dentro de la iglesia todos concordaban en que todo aquello que se relacionara con el culto de los dioses debía ser rechazado. Por esta razón los cristianos no participaban de muchas ceremonias civiles, en las cuales se ofrecían sacrificios y juramentos a los dioses. También les estaba prohibido a los cristianos ser soldados, en parte porque podían verse obligados a matar a alguien, y en parte porque a los soldados se les requería hacer juramentos y ofrecer sacrificios al César y a los dioses. De igual modo, había muchos cristianos que pensaban que las letras clásicas no debían estudiarse, pues en ellas se contaba toda suerte de superstición y hasta de inmoralidad acerca de los dioses. Para ser cristiano era necesario comprometerse al culto único de Dios y de Jesucristo, y cualquier concesión en sentido contrario equivalía a renegar de Jesucristo, quien a su vez renegaría del apóstata en el día del juicio.

Pero, al mismo tiempo que todos concordaban en la necesidad de abstenerse de la idolatría, no todos concordaban en cuanto a la postura que debía adoptarse ante la cultura clásica pagana. Esa cultura incluía la obra y el pensamiento de sabios tales como Platón, Aristóteles y los estoicos, cuya sabiduría ha recibido la admiración de muchos hasta nuestros días. Rechazarla equivalía a rechazar mucho de lo mejor que el espíritu humano había producido. Aceptarla podría aparecer como una concesión al paganismo y como el comienzo de una nueva idolatría. Ante esta alternativa, los cristianos de los siglos segundo y tercero siguieron dos caminos. Por una parte, algunos no veían sino una oposición radical entre la fe cristiana y la cultura pagana. Esta postura fue expresada a principios del siglo tercero por Tertuliano, en una frase que se ha hecho famosa: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén? ¿O qué tiene que ver la Academia con la Iglesia?” Tertuliano escribió estas líneas porque, como veremos más adelante, en su tiempo circulaban muchas tergiversaciones del cristianismo, y él estaba convencido de que esas herejías se debían a que algunos habían tratado de combinar la fe cristiana con la filosofía pagana.

Pero aún antes de que tales herejías constituyeran una preocupación fundamental para los cristianos, ya había quienes adoptaban una postura semejante frente a la cultura clásica. Quizá el mejor ejemplo de esto pueda verse en el Discurso a los griegos que compuso Taciano, el más famoso discípulo de Justino. Esta obra es un ataque frontal contra todo lo que los griegos consideraban valioso, y una defensa de los “bárbaros”, es decir, de los cristianos.

Los griegos llamaban “bárbaros” a todos los que no hablaban como ellos, y por tanto lo primero que Taciano les echa en cara es que ellos mismos no se han puesto de acuerdo en cuanto a cómo ha de hablarse el griego, puesto que en cada región hablan de un modo distinto. Además, estas gentes que piensan que su lengua es la suprema creación humana han inventado la retórica, que no es sino el arte de vender las palabras por oro, ofreciéndolas al mejor postor, aunque con ello se pierda la libertad de pensamiento y se defienda la injusticia y la mentira.

Todo lo que hay de valioso entre los griegos —prosigue Taciano— lo han tomado de los bárbaros. Así, por ejemplo, la astronomía la aprendieron de los babilonios, la geometría de los egipcios y la escritura de los fenicios. Y lo mismo puede decirse acerca de la filosofía y de la religión, puesto que los escritos de Moisés son mucho más antiguos que los de Platón, y hasta más antiguos que los de Homero. Si de veras Homero y Platón eran personas cultas, según los propios griegos dicen, es de suponerse que conocieron los escritos de Moisés. Por tanto, cualquier coincidencia entre la cultura supuestamente griega y la religión de los “bárbaros” hebreos y cristianos se debe a que los griegos han aprendido su sabiduría de los bárbaros. Pero en todo caso lo cierto es que los griegos, al leer la sabiduría de los “bárbaros”, no la entendieron, y por tanto adulteraron la verdad que los hebreos conocían. Por tanto, la supuesta sabiduría griega no es sino un pálido reflejo y una caricatura de la verdad que Moisés conoció y que los cristianos ahora predican.

Si esto es cierto de lo mejor de la cultura pagana, podemos adivinar lo que Taciano ha de decir acerca de los dioses de los griegos. Acerca de los dioses, Homero y los demás poetas griegos cuentan cosas dignas de vergüenza, pues entre ellos se practica la mentira, el adulterio, el incesto y el infanticidio. ¿Cómo entonces se nos ha de pedir que honremos a tales dioses, si son a todas luces inferiores a nosotros? Por último, añade Taciano, no olvidemos que muchas de las esculturas que los griegos adoran son en realidad estatuas de mujerzuelas y prostitutas a quienes los escultores tomaron por modelos. Por tanto, los mismos griegos que critican a los cristianos por ser de baja clase social en realidad adoran a gentes de esa misma clase.

Empero no todos los cristianos adoptaban esa postura totalmente negativa ante la cultura pagana. El más claro ejemplo de una actitud mucho más positiva hacia esa cultura lo tenemos en Justino, el maestro de Taciano. Justino es sin lugar a dudas el más distinguido pensador cristiano de mediados del siglo segundo. Antes de hacerse cristiano, había estudiado las diversas filosofías que en su época se ofrecían como más acertadas, y había llegado por fin a la conclusión de que el cristianismo era “la verdadera filosofía”. Al convertirse al cristianismo, Justino no dejó de ser filósofo, sino que se dedicó a hacer “filosofía cristiana”, y buena parte de esa filosofía consistía en descubrir y explicar las relaciones entre el cristianismo y la sabiduría clásica. Por lo tanto, Justino no albergaba hacia esa filosofía los mismos sentimientos radicalmente negativos de su discípulo Taciano. Esto no quiere decir, sin embargo, que Justino haya comprometido su fe, o que fuese un cristiano de escasa convicción, pues cuando le llegó el momento de testificar de Cristo ante las autoridades imperiales lo hizo con toda firmeza, y por tanto la posteridad le conoce con el honroso nombre de “Justino Mártir”.

Justino ve varios puntos de contacto entre el cristianismo y la filosofía pagana. Los mejores filósofos, por ejemplo, hablaron de un ser supremo que se encuentra por encima de todos los demás seres, y del cual todos derivan su existencia. Sócrates y Platón sabían que existe la vida allende la muerte física; y Sócrates mostró la fuerza de esa creencia en su muerte ejemplar. Platón también sabía que este mundo no agota toda la realidad, sino que hay otro mundo de realidades eternas. En todo esto, los filósofos tenían razón. Justino no está completamente de acuerdo con ellos, puesto que él sabe, por ejemplo, que el centro de la esperanza cristiana no es la inmortalidad del alma, sino la resurrección del cuerpo. Pero a pesar de ésta y otras diferencias, hay en los filósofos atisbos de la verdad que no es posible explicar como una mera coincidencia. ¿Cómo explicar entonces este acuerdo parcial entre los filósofos y la fe cristiana? Justino lo explica acudiendo a la doctrina del “logos”.

El término griego “logos” quiere decir tanto “palabra” como “razón”. Según los filósofos griegos, todo lo que nuestra mente alcanza a comprender lo alcanza porque de algún modo participa del “logos” o razón universal. Por ejemplo, si podemos comprender que dos y dos son cuatro, esto se debe a que tanto en nuestra mente como en el universo existe un “logos”, una razón u orden, según el cual dos y dos son cuatro. Ahora bien, lo que los cristianos creen es que en Jesucristo ese logos (y ésta es la palabra que aparece en el prólogo del Cuarto Evangelio) se ha hecho carne. Lo que Juan 1:14 nos dice es que la razón fundamental del universo, el verbo o palabra (logos) de Dios, se ha hecho carne en Jesucristo.

El propio Evangelio de Juan nos dice que este mismo verbo o logos es la luz que alumbra a todo aquel que viene a este mundo. Esto quiere decir que él es la fuente de todo conocimiento verdadero, aun antes de su encarnación. Ya Pablo había dicho (1 Corintios 10:1–4) que los antiguos hebreos no habían creído en otro sino en Cristo, pues de un modo misterioso Cristo se les había revelado aun antes de su encarnación. Ahora Justino añade que entre los paganos también ha habido quienes conocieron al mismo verbo o logos, siquiera en parte. Lo que hay de cierto en los escritos de Platón, se debe a que el verbo de Dios —el mismo verbo que se ha encarnado en Jesucristo— se lo dio a conocer. Por lo tanto, en cierto sentido Sócrates, Platón y los demás sabios de la antigüedad “eran cristianos”, pues su sabiduría les venía de Cristo, aunque sólo conocieron al verbo parcialmente, mientras que nosotros los cristianos le conocemos ahora tal cual él es, en virtud de su encarnación y su vida entre nosotros.

De este modo, Justino ha abierto el camino para que el cristianismo pueda reclamar cuanto de bueno pueda encontrar en la cultura clásica, aun a pesar de haber sido una cultura pagana.

Siguiendo su inspiración, pronto hubo otros cristianos que se dedicaron a construir puentes entre su fe y la cultura de la antigüedad. Empero su obra —y los peligros que acarreó— corresponde a otro capítulo de esta historia.

Los argumentos de los apologistas

En la sección anterior hemos mostrado algunos de los argumentos que los apologistas emplearon para enfrentarse a la cuestión de las relaciones entre su fe y la cultura que les rodeaba. Ahora, siquiera someramente, debemos resumir algunos de los elementos con los que intentaron responder a las principales críticas que se hacían a las doctrinas del cristianismo.

A la acusación de ser ateos, los cristianos respondían diciendo que, si ellos eran ateos, también lo habían sido algunos de los más famosos filósofos y poetas griegos. Para fundamentar este argumento no tenían sino que recurrir a algunas de las obras de la literatura griega, en las que se decía que los dioses eran invención humana, que sus vicios eran peores que los que se practicaban en la sociedad humana, y otras cosas por el estilo. Arístides sugiere que la razón por la que los griegos se inventaron tales dioses fue para poder ellos mismos dar rienda suelta a sus más bajos apetitos, teniendo a los dioses por ejemplo. Taciano dice que toda la creación ha sido hecha por Dios por amor nuestro, y que por tanto es un error adorar a una parte cualquiera de esa creación. Y en el mismo sentido Atenágoras dice: “yo no adoro al instrumento, sino al que le presta la música”.

Además, varios de los apologistas les echan en cara a los paganos que sus dioses son hechura de manos, y hasta que hay algunos que tienen necesidad de guardias para protegerles de quienes de otro modo intentarían robarles. ¿Qué clase de dioses son éstos que necesitan que se les cuide? ¿Qué poder han de tener para cuidarnos a nosotros? En cuanto a la resurrección, los apologistas responden apelando a la omnipotencia divina. En efecto, si creemos que Dios ha hecho todos los cuerpos de la nada, ¿por qué no hemos de creer que pueda reconstruirlos de nuevo, aun después de muertos y corrompidos? A las acusaciones de inmoralidad, los apologistas responden a la vez con una negativa rotunda y con una acusación contra el paganismo. ¿Cómo pensar que en nuestro culto se dan orgías y uniones ilícitas, cuando nuestros principios de conducta son tales que aun los malos pensamientos han de ser desechados? Son los paganos los que, sobre la base de lo que ellos mismos cuentan de sus dioses, y hasta a veces so pretexto de adorarles, cometen las más bajas inmoralidades. Y, ¿cómo pensar que comemos niños, nosotros a quienes todo homicidio nos está prohibido? Son ustedes los paganos los que acostumbran dejar a los hijos indeseados expuestos a los elementos, para que allí perezcan de hambre y de frío.

Por último, se acusaba a los cristianos de ser gente subversiva, que se negaba a adorar al emperador y que por tanto destruía la fibra misma de la sociedad. A tal acusación, los apologistas responden diciendo que, en efecto, se niegan a adorar al emperador o a cualquiera otra criatura; pero que a pesar de ello son súbditos leales del Imperio. Lo que el emperador necesita no es que se le adore, sino que se le sirva, y quienes mejor le sirven son quienes le ruegan al único Dios verdadero por el bienestar del Imperio y del César. En conclusión, aun cuando se niegan a adorarle, los cristianos son los mejores súbditos con que cuenta el emperador, pues constantemente presentan las necesidades del Imperio ante el trono celestial, y por ello son, como dice el Discurso a Diogneto, “el alma del mundo”.

En resumen, los apologistas dan testimonio de la tensión en que viven los cristianos de los primeros siglos. Al mismo tiempo que rechazan el paganismo, tienen que enfrentarse al hecho de que ese paganismo ha producido una cultura valiosa. Al tiempo que aceptan la verdad que encuentran en los filósofos, insisten en la superioridad de la revelación cristiana. Y al tiempo que se niegan a adorar al emperador, y ese mismo emperador les persigue, siguen orando por él y admirando la grandeza del Imperio Romano. Las siguientes líneas del Discurso a Diogneto describen admirablemente esa tensión:

Los cristianos no se diferencian de los demás por su nacionalidad, por su lenguaje ni por sus costumbres [ . . . ]. Viven en sus propios lugares, pero como transeúntes. Cumplen con todos sus deberes de ciudadanos, pero sufren como extranjeros. Dondequiera que estén encuentran su patria, pero su patria no está en ningún lugar […]. Se encuentran en la carne, pero no viven según la carne. Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen todas las leyes, pero viven por encima de lo que las leyes requieren. A todos aman, pero todos les persiguen (Discurso a Diogneto, 5:1–11).

Fuente:

Justo L. González, Historia Del Cristianismo: Tomo 1, vol. 1 (Miami, FL: Editorial Unilit, 2003), 67–76.

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