11 – LA VIDA CRISTIANA

“… no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles, antes [… ] lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte”. 1 Corintios 1:26–27

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Hasta aquí hemos venido narrando la historia del cristianismo prestando especial atención a los conflictos entre la iglesia y el estado, así como a la labor teológica de los más distinguidos pensadores de la iglesia. Este método, sin embargo, presenta una dificultad: puesto que la mayoría de los documentos que se han conservado tratan acerca de la obra y el pensamiento de los jefes de la iglesia, corremos el riesgo de olvidarnos de la vida y el testimonio del común de los cristianos. Por tanto, conviene que nos detengamos a consignar algo de lo poco que sabemos acerca de las masas cristianas, así como del culto y de la vida cristiana cotidiana.

El origen social de los cristianos

Más arriba, en la pág. 94, hemos citado las palabras del pagano Celso acusando a los cristianos de ser gentes ignorantes cuya propaganda tenía lugar, no en las escuelas ni en los foros, sino en las cocinas, los talleres y las talabarterías. Aunque la obra de cristianos tales como Justino, Clemente y Orígenes parece darles un mentís a las palabras de Celso, el hecho es que, en términos generales, Celso decía verdad. Los sabios entre los cristianos eran la excepción más bien que la regla. Y en su obra Contra Celso, Orígenes se cuida de no desmentir a su contrincante en este punto. Desde el punto de vista de paganos cultos tales como Tácito, Cornelio Frontón y Marco Aurelio, los cristianos eran una gentuza despreciable, sin educación ni cultura. En esto no se equivocaban los paganos, pues todo parece indicar que la mayoría de los cristianos de los primeros siglos pertenecía a las clases más bajas de la sociedad. Según el testimonio de los Evangelios, Jesús pasó la mayor parte de su ministerio entre pescadores, prostitutas e inválidos. El apóstol Pablo, que parece haber pertenecido a una clase social algo más elevada, dice sin embargo que la mayoría de los cristianos en Corinto eran gentes ignorantes, carentes de poder, y de linaje oscuro. Lo mismo es cierto a través de los tres primeros siglos de la vida de la iglesia. Aunque sabemos de algunos cristianos de alta clase social, tales como Domitila y Flavio Clemente en Roma, y Perpetua en Cartago, por cada uno de estos personajes parece haber habido centenares de cristianos de baja posición social. En su mayoría, los cristianos eran esclavos, carpinteros, albañiles o herreros.

En este medio se produjeron numerosos escritos y leyendas cuyo tono es muy distinto del de las obras de Justino y los demás eruditos cristianos. Se trata de toda una muchedumbre de evangelios apócrifos, y de “Hechos” de diversos apóstoles y de la Virgen, en los que se narran historias casi pueriles de milagros cuyo único propósito parece ser cautivar y deleitar la imaginación. Estos libros apócrifos no han de confundirse con los que produjeron los herejes para prestar apoyo a sus doctrinas. Aunque en algunos de ellos se hallan doctrinas heterodoxas, su propósito es más bien alimentar la fantasía de los crédulos. Así, por ejemplo, en uno de estos evangelios el niño Jesús se entretiene quebrando los cántaros que sus compañeros de juego traen al pozo, y luego cuando ellos lloran por haber perdido sus cántaros, y porque sus padres les castigarán, Jesús les ordena a las aguas que devuelvan los cantaros, los cuales son devueltos enteros. De igual modo, en otra ocasión, según el mismo evangelio apócrifo, Jesús le ordenó a un árbol alto que se doblegara, para él subirse sobre el árbol, y éste le obedeció y después se enderezó, como un camello que se echa para que el amo monte sobre él.

Pero todo esto no ha de hacernos despreciar la perspectiva de estos cristianos comunes. Al contrario, cuando comparamos esa perspectiva con la de algunos de los más distinguidos maestros de la iglesia, vemos que las gentes pobres e ignorantes poseían una comprensión más profunda de algunas de las verdades bíblicas. Así, por ejemplo, el Dios activo, soberano y justiciero que aparece en algunos de estos evangelios apócrifos se acerca mucho más al Dios de la Biblia que el Uno inefable y distante de Justino o de Clemente de Alejandría. De igual modo, mientras los grandes defensores del cristianismo se esforzaban por mostrarles a las autoridades que su fe no se oponía a la política imperial, hay indicios de que el común de los cristianos sí sabía que existía un conflicto insoluble entre los propósitos del Imperio y los propósitos de Dios. Cuando a uno de estos cristianos se le lleva ante las autoridades imperiales, las confronta negándose a reconocer la autoridad del emperador, y refiriéndose a Cristo como “mi Señor, el emperador de los reyes y de todas las naciones”. Por último, mientras algunos de los maestros cristianos tendían a espiritualizar excesivamente la esperanza cristiana, en la fe de estas gentes comunes persistía todavía la visión de un Reino de justicia que suplantaría al presente orden, de una nueva Jerusalén donde Dios enjugaría el llanto de los que ahora sufrían. En la próxima sección de esta historia, al tratar acerca del impacto de la conversión de Constantino, veremos que cuando la iglesia se volvió poderosa muchos de estos elementos fueron quedando relegados.

El culto cristiano

Lo que sabemos del culto cristiano nos da una idea del modo en que aquellos cristianos de los primeros siglos percibían y experimentaban su fe. En efecto, cuando estudiamos el modo en que la iglesia antigua adoraba, nos percatamos del impacto que su fe debe haber tenido para las masas desposeídas que constituían la mayoría de los fieles.

Desde sus mismos inicios, la iglesia cristiana acostumbraba reunirse el primer día de la semana para “partir el pan”. La razón por la que el culto tenía lugar el primer día de la semana era que en ese día se conmemoraba la resurrección del Señor. Luego, el propósito principal del culto no era llamar a los fieles a la penitencia, ni hacerles sentir el peso de sus pecados, sino celebrar la resurrección del Señor y las promesas de que esa resurrección era el sello. Es por esto que el libro de Hechos describe aquellos cultos diciendo que “partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). La atención en aquellos servicios de comunión no se centraba tanto en los acontecimientos del Viernes Santo como en los del Domingo de Resurrección. Una nueva realidad había amanecido, y los cristianos se reunían para celebrarla y para hacerse partícipes de ella. A partir de entonces, y a través de casi toda la historia de la iglesia, la comunión ha sido el centro del culto cristiano. Es sólo en fecha relativamente reciente que algunas iglesias protestantes han establecido la práctica de reunirse para adorar los domingos sin celebrar la comunión. Empero esto pertenece a otros capítulos de esta historia.

Además de los indicios que nos ofrece el Nuevo Testamento, y que son de todos conocidos, sabemos acerca del modo en que los antiguos cristianos celebraban la comunión gracias a una serie de documentos que han perdurado hasta nuestros días. Aunque no podemos entrar en detalles acerca de cada uno de estos documentos, y de las diferencias entre ellos, sí podemos señalar algunas de las características comunes, que parecen haber formado parte de todas las celebraciones de la comunión.

La primera de ellas, a la que hemos aludido anteriormente, es que la comunión era una celebración. El tono característico del culto era el gozo y la gratitud, más bien que el dolor o la compunción. Al principio, la comunión se celebraba en medio de una comida. Cada cual traía lo que podía, y tras la comida común se celebraban oraciones sobre el pan y el vino. Ya a principios del siglo segundo, sin embargo, y posiblemente debido en parte a las persecuciones y a las calumnias que circulaban acerca de las “fiestas de amor” de los cristianos, se comenzó a celebrar la comunión sin la comida común. Pero siempre se mantuvo el espíritu de celebración de los primeros años.

Por lo menos a partir del siglo segundo, el servicio de comunión constaba de dos partes. En la primera se leían y comentaban las Escrituras, se elevaban oraciones, y se cantaban himnos. La segunda parte del servicio comenzaba generalmente con el ósculo de paz. Luego alguien traía el pan y el vino hacia el frente, y se los presentaba a quien presidía. Acto seguido, el presidente pronunciaba una oración sobre el pan y el vino, en la que se recordaban los actos salvíficos de Dios y se invocaba la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino. Después se partía el pan, los presentes comulgaban, y se despedían con la bendición. Naturalmente, a estos elementos comunes se les añadían muchos otros en diversos lugares y circunstancias.

Otra característica común del servicio en esta época es que sólo podían participar de él quienes habían sido bautizados. Los que venían de otras congregaciones podían participar libremente, siempre y cuando estuvieran bautizados. En algunos casos, se les permitía a los conversos que todavía no habían recibido el bautismo asistir a la primera parte del servicio —es decir, a las lecturas bíblicas, las homilías y las oraciones— pero tenían que ausentarse antes de la celebración de la comunión misma.

Otra de las costumbres que aparece desde muy temprano era celebrar la comunión en los lugares donde estaban sepultados los fieles que habían muerto. Esta era la función de las catacumbas. Algunos autores han dramatizado la “iglesia de las catacumbas”, dando a entender que éstas eran lugares secretos en los que los cristianos se reunían para celebrar sus cultos a escondidas de las autoridades. Esto es una exageración. En realidad las catacumbas eran cementerios, y su existencia era conocida por las autoridades, pues no eran sólo los cristianos quienes tenían tales cementerios subterráneos. Aunque en algunas ocasiones los cristianos sí utilizaron algunas de las catacumbas para esconderse de quienes les perseguían, la razón por la que se reunían en ellas era que allí estaban enterrados los héroes de la fe, y los cristianos creían que la comunión les unía, no sólo entre sí y con Jesucristo, sino también con sus antepasados en la fe. Esto era particularmente cierto en el caso de los mártires, pues por lo menos a partir del siglo segundo existía la costumbre de reunirse junto a sus tumbas en el aniversario de su muerte para celebrar la comunión. Este es el origen de la celebración de las fiestas de los santos, que por lo general se referían, no a sus natalicios, sino a las fechas de sus martirios.

Mucho más que en las catacumbas, los cristianos se reunían en casas particulares. De esto hallamos indicaciones en el Nuevo Testamento. Después, según las congregaciones fueron creciendo, algunas casas fueron dedicadas exclusivamente al culto divino. Así, por ejemplo, uno de los más antiguos templos cristianos que se conserva, el de Dura-Europo, construido antes del año 256, parece haber sido una casa particular convertida en iglesia.

Según hemos dicho anteriormente, sólo quienes habían sido bautizados podían estar presentes durante la comunión. En el libro de Hechos vemos que tan pronto como alguien se convertía se le bautizaba. Esto era posible en la primitiva comunidad cristiana, donde la mayoría de los conversos venía del judaísmo, y tenía por tanto cierta preparación para comprender el alcance del evangelio. Pero según la iglesia fue incluyendo más gentiles se fue haciendo cada vez más necesario un período de preparación y de prueba antes de la administración del bautismo. Este período recibe el nombre de “catecumenado”, y a principios del siglo tercero duraba unos tres años. Durante este tiempo, el catecúmeno recibía instrucción acerca de la doctrina cristiana, y trataba de dar muestras en su vida diaria de la firmeza de su fe. Por fin, poco tiempo antes de su bautismo, se le examinaba —a veces en compañía de sus padrinos— y se le admitía al rango de los que estaban prontos a ser bautizados.

Por lo general el bautismo se administraba una vez al año, en el Domingo de Resurrección, aunque pronto y por diversas razones se comenzó a administrar en otras ocasiones. A principios del siglo tercero los que estaban listos para ser bautizados ayunaban durante el viernes y el sábado, y su bautismo tenía lugar en la madrugada del domingo, como la resurrección del Señor. El bautismo era por inmersión, desnudos, los hombres separados de las mujeres. Al salir del agua, se le daba al neófito una vestidura blanca, en señal de su nueva vida en Cristo (compárese con Colosenses 3:9–12 y Apocalipsis 3:4). Además se le daba a beber agua, en señal de que había quedado limpio, no sólo exterior, sino también interiormente. Además se le ungía, porque ahora el cristiano había venido a formar parte del real sacerdocio, y se le daba leche y miel, porque había penetrado en la Tierra Prometida. Después todos marchaban juntos a la iglesia, donde el neófito participaba por primera vez del culto cristiano en toda su plenitud, es decir, de la comunión.

Aunque por lo general el bautismo era por inmersión, en los lugares en que escaseaba el agua se permitía practicarlo vertiendo agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En cuanto a si la iglesia primitiva bautizaba niños o no, los eruditos no han logrado ponerse de acuerdo. En el siglo tercero hay indicios claros de que los hijos de padres cristianos eran bautizados de niños. Pero todos los documentos anteriores nos dejan en dudas acerca de esta cuestión, tan debatida en siglos posteriores.

La organización de la iglesia

No cabe duda de que a fines del siglo segundo existía en la iglesia una jerarquía con tres niveles: obispos, presbíteros y diáconos. Algunos historiadores —sobre todo católicos— han pretendido que esta jerarquía tripartita se remonta a los orígenes mismos de la iglesia. Pero lo cierto es que los documentos no permiten hacer tal afirmación, sino todo lo contrario. Aunque en el Nuevo Testamento se habla de obispos, presbíteros y diáconos, estos tres títulos no aparecen juntos, como si cada iglesia tuviera que tener estos tres oficiales. Al contrario, el cuadro que el Nuevo Testamento nos presenta nos da a entender que la organización de la iglesia primitiva variaba de lugar en lugar. Además, hay fuertes indicios de que, por lo menos durante la mayor parte del siglo primero, los títulos de “obispo” y “presbítero” eran intercambiables. También algunos eruditos piensan que en ciertas iglesias —inclusive en Roma— no hubo al principio un solo obispo, sino varias personas que tenían todas a la vez uno o ambos títulos.

Como hemos dicho anteriormente, el énfasis en la autoridad de los obispos y en la sucesión apostólica surgió durante el siglo segundo, como un modo de responder al reto de las herejías. Mientras la mayor parte de los cristianos venía de un trasfondo judío, el peligro de las herejías fue menor. Pero según fue aumentando el número de gentiles entre los cristianos, fue aumentando también la multiplicidad de doctrinas, y se fue haciendo necesaria la centralización de la autoridad.

El lugar de las mujeres en la jerarquía eclesiástica ha sido mal interpretado. Puesto que en el siglo segundo todos los oficiales de esa jerarquía eran varones, se ha pensado que lo mismo fue cierto en la iglesia primitiva. Pero el Nuevo Testamento nos da a entender otra cosa. Felipe tenía cuatro hijas que “profetizaban”, es decir, que predicaban. Febe tenía el rango de diácono en Cencrea. Y Junias se cuenta entre los apóstoles. Lo que ha sucedido es que durante el siglo segundo, en sus esfuerzos por evitar toda doctrina falsa, la iglesia centralizó su autoridad, y las mujeres quedaron excluidas del ministerio de la predicación. Pero todavía a principios del siglo segundo Plinio le dice a Trajano que ha hecho torturar a dos “ministras” de la iglesia cristiana.

Al estudiar el lugar de las mujeres en la iglesia antigua, no debemos dejar de mencionar el papel importantísimo de las viudas. Ya en el libro de Hechos encontramos que la iglesia primitiva se ocupaba de sustentar a las viudas que había en su seno. De no hacerlo así, tales viudas quedarían desamparadas, y sus únicos recursos serían irse a vivir con alguno de sus hijos o casarse de nuevo. En cualquiera de estos casos, si el hijo o el nuevo esposo no era cristiano, la viuda se vería limitada en su vida religiosa. Pronto se les dieron a estas viudas responsabilidades dentro de la iglesia. Ya hemos mencionado a la viuda Felicidad, cuya labor despertó la animadversión de los paganos y la llevó al martirio. Otras se dedicaron a la instrucción de los catecúmenos. Como resultado de todo esto, el título de “viuda” llegó a referirse, no tanto al estado civil de la mujer en cuestión, como a su función dentro de la comunidad cristiana. Antes de terminar el siglo primero, ya había mujeres solteras que decidían dedicarse por entero a estas funciones, y no casarse. Es entonces que empiezan a aparecer en los textos frases tales como “las viudas y vírgenes” y aun “las vírgenes que son llamadas viudas”. A la larga esto daría origen al monaquismo femenino, que fue anterior al masculino.

Los métodos misioneros

El enorme crecimiento numérico de la iglesia en los primeros siglos nos lleva a preguntarnos qué métodos misioneros empleó la iglesia en su expansión. Y la respuesta puede sorprendernos, pues la iglesia de los primeros siglos no conoció los “cultos evangelísticos” que se han hecho tan comunes durante los dos últimos siglos. Al contrario, en la iglesia antigua el culto, según hemos indicado, consistía principalmente en la comunión, y a ésta sólo se admitían los cristianos que habían sido bautizados. Por tanto, el evangelismo no tenía lugar en las iglesias, sino, como indica Celso, en las cocinas, los talleres y los mercados. Algunos maestros famosos, tales como Justino y Orígenes, sostenían disputas en sus escuelas y ganaban así algunos conversos entre los intelectuales. Pero el hecho es que en la mayoría de los casos fueron cristianos anónimos quienes mediante su testimonio abrieron el camino a la conversión de otras personas. También sabemos de muchísimos casos en los que la firmeza y el gozo que los cristianos manifestaban en medio del martirio sirvió para atraer a otros a la nueva fe. Y al menos en el caso de Gregorio Taumaturgo —es decir, el hacedor de maravillas— buena parte de las conversiones se debió a los milagros de los cristianos.

Gregorio Taumaturgo era natural del Ponto, y se había convertido a través del testimonio erudito de Orígenes. Pero cuando Gregorio regresó al Ponto, y llegó a ser obispo de Neocesarea, su gran éxito evangelístico se debió, no a sus argumentos teológicos, sino a los milagros que hacía. Estos milagros consistían especialmente en las curaciones de enfermos, pero también se nos dice que Gregorio llegó a gobernar el cauce de un río desbordado, y que los apóstoles y la Virgen, mediante visiones, dirigían su obra misionera. Además, Gregorio parece haber sido uno de los primeros en utilizar un método misionero que después se volvió común. Este método consistía en colocar, en lugar de las fiestas paganas, las fiestas de los mártires cristianos, y asegurarse de que estas últimas resultaran más atrayentes que las primeras.

También puede sorprendernos el hecho de que, después del Nuevo Testamento, son escasísimos los datos que tenemos acerca de misioneros al estilo de Pablo o de Bernabé. Al parecer, la enorme difusión geográfica del cristianismo no se debió tanto a la labor de misioneros profesionales como a que eran muchos los cristianos que viajaban por diversas zonas, y que iban llevando su fe de un lugar a otro.

Por último, debemos señalar que la fe cristiana se difundió sobre todo en las ciudades, y que la penetración de los campos fue lenta y difícil, pues no se completó sino bastante tiempo después de la conversión de Constantino.

Los orígenes del arte cristiano

Puesto que al principio los cristianos se reunían en casas particulares, es de suponerse que no había en ellas decoraciones especiales relativas a la fe cristiana. Pero tan pronto como los cristianos empezaron a tener sus propios cementerios —las catacumbas— e iglesias  —como la de Dura-Europo— comenzó a desarrollarse el arte cristiano. Este arte se encuentra en los frescos de las catacumbas e iglesias, y en los sarcófagos que algunos de los cristianos más pudientes se hacían labrar.

Naturalmente, puesto que ese era el acto central de adoración de la comunidad cristiana, las escenas alusivas a la comunión son relativamente frecuentes. En algunos casos esas escenas consisten en un cuadro que representa la comunión misma o la cena del Señor en el aposento alto. En otros casos se trata sencillamente de un cesto con panes y peces.

La presencia del pez en estos cuadros —y en otros contextos— se debe a que el pez fue uno de los primeros símbolos cristianos. Esto se debía a que la palabra “pez” en griego (ichthys) podía interpretarse como un acróstico que contenía las letras iniciales de la frase “Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador”. El simbolismo del pez aparece, no sólo en el arte pictórico, sino también en algunos de los más antiguos epitafios cristianos en verso. Así, por ejemplo, el epitafio de Abercio, obispo de Hierápolis a fines del siglo segundo, dice que la fe alimentó a Abercio con “un pez de agua dulce, muy grande y puro, pescado por una virgen inmaculada” (¿la Virgen o la iglesia?). Y otros epitafios semejantes se refieren a “la raza divina del pez celestial” y a “la paz del pez”.

Otras escenas en el arte cristiano primitivo se refieren a diversos episodios bíblicos: Adán y Eva, Noé en el arca, el agua que brota de la roca en el desierto, Daniel en el foso de los leones, los tres varones en el horno ardiente, Jesús y la samaritana, la resurrección de Lázaro, etc. En general se trata de un arte sencillo, de valor simbólico más bien que representativo. Así, por ejemplo, Noé aparece en un arca que es apenas suficientemente grande para sostenerlo a él.

En conclusión, la iglesia cristiana antigua estaba formada en su mayoría por gentes humildes para quienes el hecho de haber sido adoptadas como herederas del Rey de Reyes era motivo de gran regocijo. Esto puede verse en su culto, en su arte y en muchas otras manifestaciones. La vida cotidiana de tales cristianos se desenvolvía en la penumbra rutinaria en que viven los pobres de todas las sociedades. Pero aquellos cristianos vivían en la esperanza de una nueva luz que vendría suplantar la luz injusta e idólatra de la sociedad en que vivían.

 

Fuente:

Justo L. González, Historia Del Cristianismo: Tomo 1, vol. 1 (Miami, FL: Editorial Unilit, 2003), 111–118.

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