GENTILES Y PAGANOS

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Los gentiles

Fué con mucha lentitud que penetró en la mente de los discípulos la gloriosa idea de que el evangelio era para todo el mundo. A pesar de las claras palabras contenidas en el mandamiento y promesa de Cristo; a pesar de que el Espíritu Santo habíase manifestado haciéndoles hablar lenguas extrañas, los discípulos no pensaban en salir de Jerusalén. Fué necesario la persecución para que se hallasen en contacto con el mundo que tenían que evangelizar. Después del martirio de Esteban, la iglesia de Jerusalén fué dispersada, y sus miembros iban por todas partes anunciando el evangelio, aunque sólo a los judíos. De ese modo se formaron comunidades evangélicas, no sólo en Samaria y Galilea, sino aun más lejos, como en Antioquía, por ejemplo.

Felipe fué llevado milagrosamente a bautizar al eunuco que venía de Etiopía, pero fuera de toda duda, éste era un prosélito judío.

Pedro recibió una revelación especial mandándole entrar en casa de Cornelio, el centurión romano, y ahí vemos el bautismo de un grupo considerable de creyentes de origen gentil, aunque también eran ya adoradores del Dios verdadero.

Parece que muchos tenían la idea de que había que hacerse judío antes de poder entrar a participar de las bendiciones del evangelio.

La verdadera idea misionera no nació entre los apóstoles, en Jerusalén, sino en la iglesia de Antioquía, donde no se hallaba ninguno de los que habían acompañado al Señor durante su ministerio terrenal. Estaba la iglesia reunida, en oración y ayuno, cuando el Espíritu Santo dijo que Bernabé y Saulo fuesen apartados para la obra. No era por determinación humana, o carnal, que iba a empezar la difusión del evangelio entre los paganos, sino por indicación del Espíritu Santo. Toda obra misionera digna de este nombre ha sido siempre impulsada y dirigida de la misma manera.

El hombre que Dios había elegido para ser el héroe de la evangelización del mundo, y un luminoso ejemplo a todos los misioneros de las edades futuras, era San Pablo. Nacido en Taraso de Cilicia, Ciudad que en cultura rivalizaba con Atenas, había gozado de todas las ventajas de la civilización helénica. Siendo judío de raza, y educado en Jerusalén, a los pies de Gamaliel, reunía los requisitos necesarios para tener siempre una puerta franca entre los hijos de Israel. Y por causas no del todo conocidas, disfrutaba del derecho de ciudadanía romana. Era, por lo tanto, al mismo tiempo, griego, judío y romano. En todas partes estaba entre los suyos.

Antes de su conversión había empleado toda su influencia y actividad en perseguir a los cristianos, pero después de ser llamado al apostolado, se puso en las manos de Dios, para servirle como fiel instrumento en la obra para la cual le había elegido. Jamás hombre alguno había reunido las cualidades de San Pablo. Sus dones eran extraordinarios; su influencia personal poderosa y sus conocimientos vastísimos. Su carácter, su energía, su conciencia, su voluntad de acero, su generosidad, su desprendimiento, su abnegación, y su profundo amor a los hombres, le colocaban en primera línea en cualquier lugar donde se hallase.

Tal era el hombre que Dios había escogido, y que estaba llamado a ocupar un lugar tan prominente en la conquista espiritual del mundo gentil.

 

El paganismo

Detengámonos un instante para contemplar el inmenso teatro sobre el cual San Pablo tenía que desplegar sus envidiables cualidades.

La parte del mundo donde sería llevado primeramente el evangelio, eran las regiones que estaban bajo la influencia de la cultura griega y de las fuerzas romanas. Todo estaba admirablemente dispuesto para que la palabra de Dios pudiera correr libremente y ser glorificada. El Imperio Romano extendía sus dominios a casi todas las tierras habitadas del mundo conocido, y multitud de pueblos que antes habían vivido en guerra constante, y separados por el odio de razas y costumbres, se hallaban ahora unidos bajo el mismo poder central. Una activa navegación y buenos caminos carreteros unían a la Europa consigo misma y con el norte de Africa y el occidente de Asia. Las naves y los caminos que habían servido para llevar cónsules y soldados romanos, servirían ahora para llevar a los portadores de un evangelio de paz. La unidad política del mundo bajo el cetro férreo de los Césares, hacía que se disfrutase de garantías hasta entonces desconocidas, facilitando a la vez el intercambio que ponía en relación a los pueblos que antes vivían en completo y perjudicial aislamiento. Esto favorecía el desarrollo de la lengua griega en el Oriente y de la latina en el Occidente, las cuales sirvieron para pregonar el evangelio a todos los habitantes del vasto Imperio. Era evidente que muy por encima de los Césares estaba un Soberano que había preparado esta organización política y concentración del mundo para poner a los paganos en contacto con Jerusalén, y así con todos los judíos de quienes aprenderían el monoteísmo y recibirían el evangelio de Cristo.

La dispersión de Israel por todo el imperio era uno de los factores que iban a contribuir poderosamente a la evangelización de los paganos. No había un centro de alguna importancia donde no hubiese un núcleo de judíos con su correspondiente sinagoga. A ellos se dirigían primeramente los mensajeros del Señor, y aprovechando la circunstancia de que en la sinagoga se podía hacer uso de la palabra, después de la lectura de la Ley, proclamaban a Cristo anunciándolo como el Mesías que tenía que venir al mundo. De modo que en todas partes podían contar con un núcleo capaz de apreciar el mensaje del cual eran portadores. De la sinagoga pasaban a los gentiles, y así iba propagándose el evangelio con una rapidez alentadora.

Pero todo cuanto el Imperio Romano tenía de grande y poderoso desde el punto de vista civil y militar, lo tenía de pequeño y bajo desde el punto de vista moral y religioso. El paganismo era un fracaso, y no podía menos que llevar el Imperio a la ruina. Las armas y las leyes no pueden dar consistencia a un pueblo sin moral. Los templos estaban llenos de ídolos que representaban a los dioses inmorales y crueles. Toda forma de idolatría había sido objeto de algún ensayo por parte de los sacerdotes de aquella ridícula forma de culto. El pueblo había perdido toda confianza en sus sacerdotes, y los sentimientos religiosos habían decaído en todas las clases sociales. Los filósofos se esforzaban en inculcar ciertas prácticas y reglas morales, pero eran relativamente muy pocos los que sentían la influencia de su ética. Moral y religiosamente el Imperio estaba en completa descomposición y esto lo llevaba a la ruina.

Para formarnos una idea de su estado, recordemos este hecho: en Roma, la población que según el historiador Mommsen llegaba a 1.610.000 habitantes, se dividía así: 10.000 senadores y gobernantes; 60.000 extranjeros; 20.000 soldados de guarnición; 320.000 ciudadanos; 300.000 mujeres; y ¡ 900.000 esclavos! De manera que tres quintas partes de la población de una ciudad que hasta hoy provoca la admiración del mundo, estaba sujeta a los horrores de la esclavitud. Los esclavos no tenían más derecho que un perro. Eran la absoluta propiedad de sus dueños, quienes tenían sobre ellos hasta el derecho de quitarles la vida. Algunos poseían 10.000 y hasta 20.000 esclavos.

¿Y cómo se entretenía Roma? El Coliseo nos dará la respuesta. Las ruinas de este circo pueden ser vistas aún. Podía dar asiento a 87.000 personas que se congregaban para presenciar las luchas sangrientas de los gladiadores, que quedaban tendidos en la arena, mientras un pueblo sediento de sangre humana aplaudía frenéticamente al vencedor. Y cuando la lucha no era entre hombre y hombre, era entre hombre y fiera. En una ocasión pelearon 320 pares de gladiadores en presencia de Julio César. A veces las luchas duraban meses enteros, y Trajano llevó al circo, con motivo de una solemnidad, 5.000 luchadores.

Con las consiguientes variaciones de detalle, tal era el mundo ante el cual los apóstoles tenían que predicar el arrepentimiento y la doctrina del amor fraternal.

 

Fuente

 Juan C. Varetto, Héroes Y Mártires de La Obra Misionera Desde Los Apóstoles Hasta Nuestros Días (Buenos Aires, Argentina: Junta de Publicaciones de la Convencion Evangelica Bautista, 1984), 15–20.

 

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